Dámaso Jiménez: Una pluma de ángel perdida en la carretera de un...

Dámaso Jiménez: Una pluma de ángel perdida en la carretera de un video

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Un lujoso carro negro avanza por una larga carretera. Por ambos lados sólo existen infinitas montañas de arena. El plano: Un gran desierto atravesado por una larga y solitaria carretera por donde avanza un lujoso carro.  Hay una tormenta de granitos, piedritas, bichitos animados por computadora, y todo lo que simule una verdadera tormenta sin agua.

El carro sigue avanzando (esta toma es aérea) hasta que se encuentra con un cuerpo erguido atravesado en medio del camino. El carro se detiene y de su interior sale un jeque árabe envuelto en vistosas telas, quien se acerca al cuerpo, que en realidad es un maniquí, y lo inspecciona suspicazmente. El maniquí lleva puesta una prenda íntima.

 

El jeque mira hacia ambos lados y no ve a nadie, toma el maniquí y le quita la prenda, deja el maniquí desnudo tirado sobre la arena, aborda el carro, cierra la puerta. (Qué les parece si aquí hacemos una toma del jeque desde la insignia aerodinámica de “Paz y Amor” del fastuoso carro). Bueno, el jeque se mueve dentro del carro. Este movimiento tiene que sugerir que nuestro personaje se está enganchando la famosa prenda. Luego enciende el motor y continúa su camino.  Pero, por donde queda el maniquí, aparece una pluma de ángel perdida en la carretera de un desierto.

 

Ana sirve el café. La pequeña taza con paticas para Caín, quién continúa aplaudiendo su video. La taza grande para Saba, quien no se lo toma porque está jugando sola a las cartas. Su papel en este momento es él de una gitana. No tiene tanto maquillaje, pero su cabeza lleva puesta como accesorio una hermosa pañoleta de seda azul y encajes color rosa.

 

¿Un maniquí perdido en la carretera de un desierto, dijiste?  -pregunta Saba con cierta curiosidad amañada-

-Sí, en una carretera lejana  -oraliza Caín con entusiasmo profesional-  Pero sólo sirve para vender calzoncillos.

-Y tenía música ese video tuyo —dice Saba disfrazando una pregunta con una afirmación.

-¿No… la escuchaste? —pregunta Caín confundido.

Después del café, Ana busca su lugar. Abre la ventana de la escenografía del gran salón Enrique VIII del pequeño apartamento y se queda inmóvil mirando hacia afuera.

-¿Y… el maniquí —pregunta Saba con cierta perversión en la sonrisa-  Es hombre o mujer?

-Depende de tu intención y de lo que vayas a vender  -responde Caín casi sin pensarlo, pero le sale bien- En este caso es un cuerpo desnudo que lleva puesta una prenda íntima. Puede ser tu cuerpo desnudo.

Caín se acerca al aparato de video y hunde por casi seis segundos la tecla Rew y luego oprime la tecla Play.

Ana voltea suavemente y sus ojos vidriosos van reflejando la imagen original de una pintura que se llama “La Saba Desnuda”. Si nos ponemos a escuchar, nos daremos cuenta  que la melodía imperceptible pertenece a una heroica canción de Los Beatles cuyo nombre podemos darnos el lujo de olvidar.

 

El cuerpo de Ana es descuartizado de abajo hacia arriba por exactos encuadres tomados en diapositivas hasta llegar a un close-up de la imagen que reflejan sus ojos, hasta llegar a un close-up de la imagen que reflejan los ojos de la imagen, hasta llegar a un close-up de la imagen que reflejan los ojos de la imagen que refleja la imagen que reflejan los ojos de Ana que se ha vuelto puros ojos.

“Tu cuerpo desnudo navega sobre mi cabeza como el toque tímido de un dedo índice, suave y firme, delgado, con las uñas cortaditas y con la  puntica de la falange en piscis, cuando hunde su yema con dolor en el gris azulado de la cuerda triste y vibratoria de una lira vieja y solitaria, que suena muda en pleno concierto de rock en vivo sintonizado en la emisora F.M. de mi pequeño radio transistor, que alegra las nueve treinta y cinco de la mañana de un lunes oloroso a nicotina, guayaba y amanecer” (POEMA EN ESTEREO MONTADA SOBRE LAS DIAPOSITIVAS)

…hasta Stop.

La pantalla del monitor continúa en estado de coma. Saba vuelve en sí, traída por el sonido agudo de las barras de colores, y toma conciencia de que Caín continúa tecleando y destecleando como un animal automático.

 

-Deben ser los cabezales  -dice Caín- , o si no debe ser que este aparato ya no sirve. ¿Qué te pareció lo de incluir esa canción de Los Beatles?

-¿Cuál canción de Los Beatles? —pregunta Saba convertida en una princesa de los sesenta.

-Esa que te dije que se me olvidó el nombre —dice Caín.

-Y qué vas a saber tu de Los Beatles, si tu eres un chamo y nunca viviste la época de Los Beatles, dice Saba en un tono alto y con educada descortesía.

 

Saba se levanta de su trono semi-ortopédico matrimonial y se dirige a la ventana donde Ana mantiene su presencia de espaldas de la discusión generacional acerca de Los Beatles y a la guerra que sostiene Caín para hacer aparecer sus imágenes en el monitor.

No subestimes Saba  -se defiende Caín, tomándose a su vez un descansito para fumarse el último cigarrillo de como tres cajas. Recuerda que yo pertenezco a una generación que lo ha visto y oído todo por televisión. Así que sé de Los Beatles tanto o más que los que se volvieron locos viviendo la época de Los Beatles. Lo que lamento es que se me haya olvidado el nombre de esa canción del video del desierto.

 

-Te confieso que me pareció triste y extraña la aparición al final de aquella sencilla pluma, dijo Saba disfrazada con un poquito de nostalgia,  pero fue toda una sorpresa.

-¿Cuál pluma? , pregunta Caín con el cajetín de video en el aparato.

-La del final, tonto-, dice Saba que comienza a perder sus dedos entre los rizos castaños y el cuerpo frágil de Ana que se conmueve, voltea, se ríe, se estira, se expande, mira a Caín de frente por primera vez, lo imagina simpático, imagina el firmamento del mismo color como lo había estado viendo poco antes, le brillan los ojos, y vuelve su mirada hacia la carretera.

El maniquí lleva puesta una prenda íntima. El Jeque mira hacia ambos lados y no ve a nadie. Toma el maniquí y le quita la prenda. Deja el maniquí desnudo tirado sobre la arena. Aborda el carro. Cierra la puerta. El Jeque se engancha la prenda, luego enciende el motor del carro y dice: “Wilson es lo primero que se pone un hombre”. Y continúa su camino por la carretera.

Saba se ríe descontroladamente. Caín se ríe del descontrol de Saba. Caín se descontrola. Ana recoge las tazas sin reírse (apenas estira los labios dos veces), y se dirige espontáneamente a la cocina.

-Es lo más ridículo que he visto, dice Saba.

-¿Ridículo? o será que no lo entiendes, dice Caín ya más serio. Es la segunda vez que lo ves. Pienso que es un comercial muy bueno. Quería preguntarle a Ana su opinión, pero temo que opine lo que tú le ordenes.

Caín saca el cassette de video y le da unos golpecitos. Saba también se da unos golpecitos.

Caín se la queda mirando y luego pierde su mirada en la cocina.

-Oye Saba, me vas a disculpar, pero debo preguntarte algo: ¿Es algo rara?, pregunta Caín—.

-A mí me parece divina —responde Saba limpiándose la nariz.

-Hablo de Ana. Me parece algo rara, se explica Caín. Saba se queda pensativa.

-¿Por qué te parece rara Ana?

-Pues no sé —dice Caín— Digamos que hace rato me vuela por la cabeza la idea de que Ana es un androide.

Saba se arrodilla de la risa.

Ana se sirve una cerveza fría. Se asoma por la ventanilla de la puerta de la cocina. Caín y Saba se ríen descontroladamente de rodillas. Los labios de Saba se mueven muy rápidamente. Caín se voltea de una manera muy tosca y empuja a Saba. Esta cae violentamente y rueda por el piso. Caín comienza a darle patadas por toda la cara y el cuerpo y después se le tira encima. Se oyen gritos tapados pero no palabras. Las facciones de Caín se van volviendo detestables y sus labios comienzan a moverse muy tensamente hasta lograr abrir su boca de forma exagerada y sobrenatural, como un animal que amenaza con sus largos dientes a Saba. Ana ingresa asustada al salón. (Retorna el sonido natural)

-¿Pasa algo?  -grita Ana desde la cocina hasta el salón.

-¿Que si pasa algo? -disfraza Saba una afirmación con una pregunta- Pasa que me muero de risa. Que Caín sólo sirve para hacer videos horribles y de mal gusto. Me río porque es un genio inútil. Ana se siente horrible, inútil.

-Ana se ve muy bien -dice Caín disfrazado de Payaso- Ven y siéntate en el sofá Ana, que tú si sabes disfrutar de un buen video.

-Pero es que yo no entiendo nada de lo que hacen ustedes, dice Ana ya menos nerviosa, pero igual accedió.

Fueron tres videos más y Ana continúo asomada por la extraña ventana, viendo jeques, pinturas, encuadres, actores y un flaco alto sentado tecleando una máquina de escribir.

El sol se torna luminoso. Se mete en las habitaciones. Despierta dulcemente a un bebé. Este abre los ojos, se babea, llora. Una niña entra a consolarlo. No sabe qué hacer. Se preocupa. Se conduele. Lo toma cuidadosamente entre sus brazos. La niña se ríe neuróticamente, cree que está cumpliendo con su deber. El bebé la eructa, la vomita, la orina, la moquea, le come las galletas, grita y mueve los dedos de sus manos amenazadoramente. La niña entra en estado de shock. Todos salen corriendo. Caín primero. Saba y Ana después. Todos los niños de la calle gritan una consigna original: ¡Nos han engañado! Queman cauchos. Rompen vidrios. Saquean. Y en el fondo se escucha una voz que dice. “El bebé querido de sus niños”.

La ciudad queda vacía. Un sonido se escucha, viene de afuera y se parece al de hace unos momentos. Toda la gente y nuestros personajes, Caín, Saba y Ana han continuado hacia adelante, hacia el carrete enrollador, que es el único lugar donde podrán descansar en paz antes de que yo quite la cinta. Todos se han salvado, menos usted, quien se ha convertido en una pluma de ángel perdida en la carretera de un video.

Dámaso Jiménez

@damasojimenez

UNA PLUMA DE ANGEL

PERDIDA EN LA CARRETERA DE UN VIDEO

Se terminó de imprimir en el mes de junio de 1995

en los talleres gráficos de Ediciones Astro Data S.A.

Maracaibo – Venezuela

Tiraje: 1.000 ejemplares

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