@damasojimenez: El blue del Ruta 6

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Cuando el sol baja por la tarde, el neutral pero irritante sonido incidental de la calle pareciera dar paso a los improvisados sólos de boca de los colectores del Ruta 6.

Arreguindados desde sus puestos de trabajo, este comando de la desesperación se encuentra programado para cobrar sin dar el vuelto, realizar acrobacias inútiles entre las ventanillas del autobús, y para gritar: “dale pa trás”, “espalda con espalda”, “pabajo que cuento 3 y llevo 2”, recordando a cada instante en una abstracción sin límites que es hora de correr y de meterse rápido en ese bicho de metal, ruido y sudores, porque se está haciendo tarde para llegar a casa.

Después de las seis, el Ruta 6, es la única oportunidad para evadir lo peor de la noche en la calle y “empantuflarse” temprano. Es así como la gente de las diferentes paradas repentinas corren desesperados al son de los gritos que retumban en el camión con el recorrido más extenso e intenso de Maracaibo.

En una de esas paradas y loca por llegar a su casa se encontraba nuestro personaje de la vida real, aún con el estetoscopio guindando del cuello y con la bata blanca ondeando bajito desde el antebrazo.

El cansancio de la internista del área de emergencia del Hospital Universitario era inminente, ya que justo venía saliendo con retraso de su ardua y agotadora guardia de 24 horas.Recién graduada de médico logró integrarse con suerte a los avatares y circunstancias distintas que ofrecía aquella zona de reclamación de la muerte, con la bata puesta, vestía igualmente la angustia y el estrés de correr de un lado al otro sin insumos que ofrecer, a tanto herido de cuerpo y alma que llegaba a sus manos para tratar de discutir en esta nueva parada a la vida y reflexionar mientras tanto con una pastillita para la nada y el dolor de cabeza.

Luego de pegar una carrera de 100 metros planos, nuestra profesional de la salud hizo buen tiempo. Cada vez que abordaba y lograba agarrarse de los tubos y codear por un puesto en la cadena alimenticia del autobus, terminaba soñando con llegar a casa en su propio carro, como todo médico que se precie y como son todas las cosas que se suponen en el futuro.

Pero en esta oportunidad el bus estaba repleto y tuvo que abrirse paso hasta los últimos puestos hasta el área mejor conocida como “la cocina”, pero no se quejó porque gracias a Dios una de las ventanas estaba descompuesta y una ráfaga de aire le acariciaba el cabello.

El tráfico era denso y por lo tanto el tiempo transcurrido no era proporcional al de la distancia recorrida por la abultada unidad. Parada y abrazada a sus pertenencias, sólo podía imaginarse que estaba más lejos de lo que en verdad se encontraba, y que poco a poco en algún momento no muy lejano se acercaría a su destino.

Sin embargo, en una de esas frenadas intempestivas, el preámbulo amargo de la inseguridad le dio un soplo frio entre los riñones, el higado y el esternón, removiendo bruscamente su burbuja de despistada tranquilidad. Era como si hubiese visto al mismísimo Satanás en persona, abriéndose paso entre los pasajeros para llegar a ella.


Era grande y grueso, aceitoso y mal afeitado, como de unos 45 años, vestía franela celeste o celestial y un blujean común y corriente. Con el rabillo del ojo pudo percatarse de los pelos que le salían por entre el cuello y las orejas. Su mirada era cruel y libidinosa y si no fuera porque venía de frente juraría que tendría unas largas alas de vampiro a sus espaldas, quizás uno de esos sicópatas que han enviado a tantos pacientes sangrantes de madrugada al purgatorio en donde trabaja.

Alguna relación debía existir entre ambos, eran la vida y la muerte para cualquiera que se los encontrara al azar en momentos distintos de un mismo día.

Se abría paso navegando entre un mar de cuerpos sudorosos y ansiosos por salir de allí. A cada paso ella intuía su maligna presencia y su inevitable acercamiento, más bien su roce. Venía hacia ella y sabía que pasaría sobre su persona. Agarró duro su etetoscopio, la bata y abrazó fuertemente la cartera. Apretó con fuerza los dientes y respiraba corto. Espero de espaldas a que la pesada presencia de la maldad hiciera con ella lo que quisiera, pero rápido.

La rozó de una manera brutal, tosca, desajustándola del sitio y casi que se la lleva por delante cuando divisó un puesto y se lanzó de cabeza con una risita burlona para sentarse en el lugar, bien atrás. La galena murmuró tres o cuatro cosas, revisó la cartera y se dispuso a bajar desesperada y agobiada en la próxima parada, cuál sea.

Aún con la mano dentro de su cartera logró confirmar el estado de sus pertenencias, sus papeles, el monedero, la bata, el etestocopio, una cajita con gasa y algodón, un frasquito de alcohol, su perfume de diario. Todo estaba normal y cuando se disponía a bajar se percató que en la muñeca izquierda no llevaba puesto el reloj. El reloj nuevo comprado en cuotas con el pírrico sueldo de una residente.

Indignada y fúrica se devolvió como un rayo que atraviesa los pasajeros, tomó una delgada lima de metal que llevaba, previendo casos como estos, y abordó al responsable de toda su paranoia.

.- El reloj, devuelveme el reloj, le ordenó, mientras le hundía la punta de metal por un costado.

Para su sorpresa el tiempo se detuvo y el sorprendido demonio no tuvo más remedio que acceder a sus peticiones, se bajó, corrió y lloró.

Llegó a casa decidida a renunciar, porque afuera la vida es dura, hay mucha delincuencia  y hay que hacer de todo para regresar con vida  a la casa de nuevo. Dijo eso y muchas otras cosas, atropellando las palabras y temblabla al contar la odisea del reloj y Satanas.

– Hablando de reloj mija -dijo la madre-, desde que llegaste estoy por decirte que se te olvidó el reloj y te lo tengo gurdado en la despensa del fondo.

@damasojimenez

El Blue del Ruta 6 de “Cuentos de atraco” de Dámaso Jiménez

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