@damasojimenez: El día más feliz

@damasojimenez: El día más feliz

529
0
COMPARTIR

 

Había amanecido en el día más feliz de toda su vida y decidió comenzarlo con una pereza única y magistral. Estuvo veinte minutos sintiendo el calor de las sabanas sobre sus piernas. Otros tantos oyendo el zumbido tormentoso de los zancudos que sobrevolaban por la habitación. Otros viendo las agujas del reloj dando veinte vueltas y contaba cada segundo: uno, dos, tres, cuatro… Lento, muy lento. Pensaba en números y en números vio dividido su tiempo, y en números vio pasar las primeras dos horas del día más feliz de toda su vida.

Por ejemplo, nadie es fiel a un solo carro, se le ocurrió y alargó. Dicen que cuando puedes pagar por alguno es cuando comienzan a gustarte todos. Esto por supuesto sería una sensación inexplicable en una persona pobre como yo, pero en una rica tendría que ver sencillamente con un asunto de estados de ánimo. Se lo repetía una y otra vez sobre la cama. “Uno no puede tener ganas de ir a la playa en un sedán de lujo. Imagínate, yo, sin camisa y con unos Google glass en una Hummer escupiendo full metales. No, no para eso me

compraría un Jeep bien renegado. Por supuesto, también una Hummer, un Mitsubishi, una Harley Davidson, una lancha y todo lo que tenga que ver con el asunto ese de mantener arriba mi nuevo estado de ánimo”.

Se repetía nimiedades de este tenor una y otra vez sin el menor esfuerzo por levantarse de la cama, como si viviera en una de esas pésimas películas para gente con insomnio o en una cuña eterna en 3D. Era la filosofía de un día con pereza, sin apuro y un billete de lotería en la mano. Seguramente el más feliz de toda su vida.

— ¿Y una casa?

— No, una casa no! Se preguntó, se contestó y se volvió a quedar dormido.

Los números habían sido muy explícitos y concretos. Doscientos cincuenta y seis mil novecientos quince. Es decir, 256.915. Veinticinco (25) que era la edad de él. Sesenta y nueve (69) que era la edad de la abuela que lo había criado alimentado toda su vida, y además en ciertas ocasiones azarosas era su número preferido, y Quince (15) que representaron los juegos ganados por el estelar Wilson Álvarez en su primera gran temporada en las Grandes Ligas.

Con esta combinación había ganado la lotería, y con ella y su éter de triunfo se había tirado en la cama desde la tarde del sábado para soñar de verdad con el día que comenzaría feliz desde la próxima mañana bien temprano, cuando tuviera toda la plata del mundo y comenzara a respirar como un escogido de Dios en la tierra, sin saber qué hacer con tanto dinero.

De esta manera el friso interior del techo sirvió de pantalla para ver proyectadas las imágenes más preciosistas e inverosímiles que lo dejaron un poco entre ansioso y atontado durante toda la noche, bajo el influjo embrujecedor y ficticio de ese pensamiento lerdo, funcionalista y agotador cuyas máximas principales rezan: ¿Qué compro para gastarlo? Oh Dios, ¿Qué necesito?, ¡Quiero esto y esto y…

Cuando volvió a abrir los ojos ya era mediodía del siguiente día. Habría estado soñando más de 36 horas en el día de su felicidad. Ya no veía nada porque una luz en el techo lo enceguecía. Su cama comenzó a moverse hacia adelante manejada por un completo desconocido y el sonido estridente de un limpio pitico intermitente ya se estaba haciendo insoportable.

 

En la mano sujetada por el suero aún conservaba intacto el billete y la cerró lo más que pudo para que no se le escapara la felicidad de las manos. Quién sabe si le haría falta en la nueva vida, ahora que estaba entrando al paraíso.

Dámaso Jiménez

@damasojimenez

Del libro “Una pluma de Ángel perdida en la carretera de un video

 

Publicado 5th May 2013 por El blog de Dámaso Jiménez

SIN COMENTARIOS

Dejar una respuesta

three × one =