@damasojimenez: Ícaro y los habitantes de la nave manglar

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Cuando Ícaro llegó a estar a apenas doscientos metros del Monte de Ballesteros, entre el lado oscuro de la media luna y la solitaria isla de los reemplazos vivientes, mandó con sus alas congeladas a todo el mundo a la mierda y después se dejó llevar por el vacío.

No pensábamos en una muerte cualquiera, aunque ya nos tenía cansados con su vuelo de ángel privilegiado y su insoportable creencia de que pertenecía a una raza mitológica de la ficción. Un soldado preparado para destruir la última de las profecías. La última criatura de su estirpe. Por eso, en medio de una agradable mamadera de gallo, lo llamamos Ícaro, debido a lo extraños que resultaban sus cuentos y sus cosas, y después de esta conclusión comenzó la aventura.

Nosotros también somos seres extraños, pero aún no se ha escrito nada sobre nosotros como se ha escrito de Ícaro. Vivimos un buen tiempo en un Manglar, una nave construida de fuertes y expansivas ramas con follajes espesos color verde magdalena, que es un color muy bonito y muy brillante. Somos una raza itinerante, pero hasta eso se nos había olvidado en medio de la borrachera que causaba en nosotros el cuento de las corrientes de aguas tranquilas.

Alaguzamos una noche en pleno centro de una corriente de aguas tranquilas. Necesitábamos que nuestra nave se fortaleciera, así que buscamos un lago inmenso ubicado en nuestra constelación.

Nos atrajeron los peces de niebla gigantes y las piraguas fantasmas que flotaban al revés en el espacio azul. Bajamos, y cuando el manglar tocó el agua, se intensificó un sonido cuyos decibeles excitaron las imágenes de nuestra nostalgia en noches de media luna. Una vieja canción de cuna de arrullo mágico escuchada remotos siglos atrás en nuestra desaparecida aldea galáctica.

Un día llegó Ícaro y entonces ya lo sabíamos. No tanto por lo estrafalario que resultaba ver un hombre con gruesas alas y un exceso de palabras necias saliendo de su boca, sino por el regreso a lo que ya era nuestro hogar de esa melodía de arrullo mágico del cuento de la corriente de aguas tranquilas.

Todas las familias del Manglar dejamos de ver la televisión y comenzamos a bailar alrededor del pajarraco, quien como un caído de la mata relataba inútilmente historias de navegación, y hasta contó desesperadamente y por primera vez su “¡Atención, atención, que esto es un secreto mayor… se trata de la terrible visita de Cristo!”, pero nadie se interesó, y fuimos tan felices cantando cada cosa que pasara por nuestros oídos y bailando alrededor de Ícaro, que hasta mi novia Kraken se enamoró de él.

Antes de lo del nombre ya lo considerábamos no sólo como de nuestra familia, vale decir antigua tripulación, pero él insistía con el cuento ese de la invasión de Cristo y otros relatos de ficción, y ya no volaba sino que se pasaba las tardes, las más anaranjadas de las tardes, rayando las paredes de nuestra nave con frases corno “Cristo viene y viene pronto”, “El Mesías está en camino, salgamos a luchar”, “No te arrepientas, no seas un etcétera”.

Pero nosotros no sabíamos vivir otra vida que no fuera la eterna, por lo que ya todo nos parecía uno de esos tercos palabreos de alucinado tan comunes por estos parajes, y quizás porque ya sólo nos quedaba la ignorancia, una vez le preguntamos, después de lo del nombre y la conclusión, si era evangélico y tal, y ¡Puuuuuuum!, allí estalló en cólera.

Armó un ejército de grandes peces de niebla y por última vez nos dijo que le cediéramos la nave en calidad de préstamo para combatir en una guerra absurda que, al parecer, tendría lugar en una vecina constelación y donde se efectuaría en una fecha ya fijada el esperado gran juicio final.

Kraken se acercó a mi ese famoso día llorando con sus lágrimas color violeta, que son sus lágrimas más tristes, trayendo además consigo su hermoso cuerpo de princesa mortal.

Caminamos con las manos agarradas por las alas del Manglar y por la orilla de las aguas, a ver si oíamos aquella melodía de la felicidad. Pero fue en vano, y Kraken dijo de una manera genial y con un buen manejo de la escena, que todo, absolutamente todo, había acabado.

Yo, que soy un ser muy sensible, decidí hacer todo lo posible para iniciar junto a ellos aquella empresa de la locura. Me hice solidario y quise ayudarlos de alguna manera, y también acompañarlos, pues es tan bella Kraken.

Convoqué a una Asamblea e induje a mi pueblo a realizar el largo viaje, pero había un gran desacuerdo. Todos sentían ser parte del lugar donde aún latía el último recuerdo de felicidad. Ícaro era un manantial de cólera, ira, rabia, enojo, pus y una saliva densa y caliente como lava de volcán. Sin duda estaba molesto.

Me le acerqué para explicarle mejor las razones de la respetuosa tripulación de los Habitantes de la nave Manglar, pero Ícaro estaba hecho un demonio y agarró una voluminosa concha triangular de cara-col y la lanzó contra los controles y los relojitos de la nave, para terminar gritándonos como un energúmeno que éramos una partida de pendejos, bobos y cursis. El piso del Manglar estaba lleno de lágrimas violeta.

Antes de esperar nuestra reacción Ícaro comenzó a elevarse muy alto. Era uno de sus mejores vuelos de ángel montado sobre un solo de flauta, bajo un fondo de sublimes toques rítmicos de tambores.

Entre nosotros comenzó una fiesta de chillido de primates y una elevación que no necesitaba alas porque era mental. En la parte más alta de su vuelo de protesta, como único punto luminoso y en lento movimiento que trasladaba el baile de su estela por el mapa de la parte oscura de la media luna, Ícaro se hizo , belleza para nosotros, y recordamos los lejanos tiempos de viajes, de eternos movimientos hacia ninguna parte, de nuestra sangre gitana, itinerante por encima de todo.

Sin pensarlo otra vez, cada uno de los Habitantes del Manglar asumió su antigua posición de viaje y sólo esperábamos que Ícaro bajara rápidamente para destruir juntos ese Cristo que él conocía.

Ícaro bajaba triunfante y mi pueblo comenzó a escuchar la melodiosa música de arrullo.

Cristo llegó solo y sin música. Prendió la luz y abrió la revista en la página cuarenta y ocho, que era la página donde nosotros estábamos, y con una sardónica risita comenzó borrando cuadro por cuadro, hasta que alcanzó nuestra nave.

Ante nuestra sorpresa, el supuesto realizador decía con voz retumbante mientras se acariciaba su barbita: “Definitivamente esto hay que hacerlo de nuevo”. Se sentó en la silla frente a la mesa de dibujo y buscó sus otros trabajos para compararlos, pero lo único que había de similar entre sus historias y la nuestra era la firma al final de la última viñeta: Cristo.

— En la forma como está narrada esta historia nadie la creería, así que debo hacerla de nuevo, decía el Mesías.

Borrachos por la felicidad de la melodía, vimos desaparecer las alas de nuestro Manglar, el naranja de las tardes, media cara, media pierna y medio brazo de cada uno de nuestros habitantes, los peces de niebla gigantes, las piraguas fantasmas, nuestro televisor y la sonrisa más hermosa de mi novia Kraken. Los que quedamos con algo de vida, escapamos con nuestras gelatinosas partes hacia una isla cercana que luego al creador le dió por llamar la isla de los reemplazos vivientes.

Cuando Icaro llegó a estar a apenas doscientos metros del Monte de Ballesteros, entre el lado oscuro de la media luna y la solitaria isla de los reemplazos vivientes, mandó con sus alas congeladas a todo el mundo a la mierda y después se dejó llevar por el vacío, muriendo ahogado en un lago violeta.

Dámaso Jiménez

@damasojimenez

Libro: “Una pluma de ángel perdida en la carretera de un video”

Publicado 28th April 2013 por El blog de Dámaso Jiménez

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