@damasojimenez: Instantáneas

@damasojimenez: Instantáneas

460
0
COMPARTIR

Abrió la puerta. Asomó la cabeza. La sala estaba oscura. Dio un paso, luego otro, la mitad del cuerpo dentro, la otra mitad fuera.

Resbaló su mano derecha por la pared izquierda a la puerta. Buscó el accionador de la luz, pero no encontró nada. Detuvo la mano y dejó caer su brazo cansado. Pensó en el calor y en lo húmedo del aire; lo solitario y húmedo del aire; lo egoísta solitario y húmedo del aire; en el aire.

Por supuesto que entró. ¿Era su casa, no? Cerró la puerta y caminó un buen rato por entre la oscuridad. Se deshizo del nudo de la corbata de la misma forma como lo ha venido haciendo todos estos días de entre semana, sólo que en esta oportunidad lo deshizo más tarde y a oscuras. Se descubrió un experto, y un aire de seguridad lo indujo a proseguir por el desconocido viaje entre tinieblas hasta la habitación.

Se llevó por delante un perchero. Un perchero viejo lleno de recuerdos pequeños. Un perchero inservible que debió haber sido botado desde sus últimos sueños con aquella fantasmal rubia troyana, y que le traía recuerdos que ya no quería seguir recordando.

Decidió tocar las cosas según su intuición. Se quitó las medias y los zapatos, pues debía primero reconocer el piso, después la pared. Rechazó la idea, pues le pareció estúpido perder de tal manera el tiempo. Luego recapacitó. Argumentó con otra idea, la de lograr conocer su abismo, su aíre, su intuición.

¿Y qué otra cosa podría hacer ese viernes que recién terminaba? Dos de la mañana, sin un medio en el bolsillo, con la luz cortada, el agua cortada, la ciudad cortada, los amigos y el amor cortados, los sueños cortados, la nota cortada, la vida cortada.

Qué no hubiese dado él en ese instante por tres segundos de excitación en esta vida. Los asumiría con una gran responsabilidad.

Buscó otra vez la pared para encender la luz, pero no había luz puesto que estaba cortada. Entonces le dio por acabar de una vez por todas con ese fastidioso momento de su vida. Así que se puso a dormir, pero no podía cerrar los ojos. Estaba sin sueño, sin comer, sin leer, sin luz, sin agua, sin sexo, sin nadie y con la boca pastosa y sucia.

Se desnudó por completo. Había mucho calor. Sudaba. Se tiró al piso para refrescarse y de pronto escuchó un ruido. Se asustó, y se dirigió a gatas hasta el lavaplatos, tomó al azar un cuchillo de cocina. Lo tomó de la misma forma como lo hacen los sangrientos bandidos de los micro libros vaquero-literarias Estefanía con sus revólveres, siempre con la mano derecha; tratando primero de cortar el oscuro silencio y en movimiento de ochos para probar la elasticidad de la muñeca. Practicó varias veces, mientras estaba escondido tras la pared respirando con la humedad de la lengua.

Sabía que no estaba solo y que sus invasores eran unos malditos choros atracadores que estaban allí antes que él llegara.

No había otra lógica, lo más probable es que fueran tres que se habrían metido por el hueco de la ventana del fondo donde quedaba el aire acondicionado. Tragó saliva y repitió en voz baja el eco de su pensamiento: La ventana del fondo.

Se percató de una extraña luz que ahora venía de la habitación. Era una luz tenue, ¿Cómo así? Me cortaron la luz los desgraciados esos, están allí murmurando.

¿Tres contra mí? —Pensó esta vez en voz alta— De seguro estas son las últimas líneas de mi vida. Me matarán y un día le dará a algún ser de este planeta por pasar esta página, y qué va a encontrar en mi podredumbre hábito de vida. Nada, simplemente locuras y quejas.

Después de esta crítica constructiva nuestro personaje se llenó de ira, apretó un destapador o algo parecido a un cuchillo de mesa que agarró en tinieblas de la mesa y se vio a sí mismo sorprendiendo a los individuos. Al primero lo encontró de espaldas y se lo clavó por el riñón. Este gritó fuertemente, como con un dolor amordazado. Luego atacó al segundo de manera bestial. Su cuerpo se puso caliente e impulsivo. Lo llenó de zanjas.

El tercero logró golpearle con un tubo por la cabeza, pero la verdad es que ese golpe no le hizo nada. Lo enfrentó cara a cara. Sería víctima o victimario, pero no bien había terminado de formular este dilema cuando se le fue encima y lo mató. Fueron una y otra puñalada, siempre cuidando que las embestidas jamás rozaran ningún hueso, pues esto podía haberle hecho fallar en su intento por sobrevivir luchando.

Ahora eran tres cadáveres y él, y la respiración cambiaba, maquiavélicamente se sentía como un “hijueputa”, prepotente, capaz, bien. Se sentía como todo un asesino a sangre fría. Pero pronto se encontró escondido nuevamente tras la pared.

¿Quién éstá ahí? –gritó-, ¿Quién es?

Una bella mujer vestida con un atuendo helenístico, con los vellos de su piel amarillo pollito y pecas en su espalda, los ojos negros, la mirada ácida, los labios carnosos, lo esperaba con una calibre 38 cañón corto en la mano, sentada en la ventana del fondo.

— Quizás hasta me equivoqué de apartamento —pensó él todo excitado, nervioso— Hola, yo soy…

¡Bang… bang… bang…!

Pero que atracadores ni que rubia ni que ocho cuartos; el tipo lo que no puede es dormir, y se acuerda de un cigarrillo que le queda en el bolsillo de la camisa que está en el perchero. Lo prende, se acerca a la ventana del fondo y disfruta fumando de la solitaria luz.

Hay luna llena.

Dámaso Jiménez.
De libro “Una pluma de ángel perdida en la carretera de un video”
@damasojimenez

Publicado 29th April 2013 por El blog de Dámaso Jiménez

SIN COMENTARIOS

Dejar una respuesta