@damasojimenez: Seis por derecho

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A seis cuadras un cepilladero se lleva en su lento pedaleo todo el sabor refrescante que necesita mi agonía.

Podría morir pero puedo evitarlo. Apuro el paso.

A un cepilladero es posible alcanzarlo, sobre todo si es lo último que puede hacerse antes de desfallecer. Mis ojos sólo divisan una distancia de seis cuadras. SEIS CUADRAS. Toda una vida.

La primera cuadra está llena de bancos. Específicamente seis bancos y una funeraria al final, como para que la gente vaya escogiendo su parada: Hipotecarios, Comerciales, Mercantiles, Del Valle. Unos tienen la mejor tarjeta, los otros el mejor servicio, el otro tiene solidez. Todos cabrían en el eslogan del último pero con esas letras curvas de neón amarillo sobre fondo negro: “Indispensables en lo inevitable”, o para ser más ocioso punzantes podríamos colocar en el mismo molde y color: “Inevitable lo indis(puesto) del pensable”.

La acera está repleta de guardias, unos de verde, otros de azul, grises. Son muchos y simulan ser personas, lo que indica que son las cuatro y media de la tarde. Hora de cerrar, hora de moverse. Los que hasta ahora han estado muertos puede que vivan en el nuevo horario, los que vivíamos automáticamente entre una cuadra y otra podríamos morir si no recordamos absolutamente nada.

 

Acudo al “manual” para ver si aprendo algo de memoria. Abro el libro en el capítulo seis: “Seis cuadras están separadas entre sí por seis calles holográficamente impuestas como una gran regla matemática. Son seis segmentos amplios y negros…” Repito (de memoria): Seis cuadras están separadas entre sí por seis calles plasmadas allí, como una gran plaza de toros rectal, una especie de feria trágica en Pamplona, donde unos toros mecánicos te sugieren esa inferior naturaleza de individuo a cada instante.

Mi vida depende de una luz roja, y el cepilladero que se desliza con una divinidad inocente y, viéndolo bien, llamativa  (como si tuviera un billete de lotería premiado y escondido en alguna de sus alas, o como si tuviera un billete y nada más), se me va escapando de los ojos.

A mí me gusta de rojo, siempre, desde niño. En cambio Adelaida moqueaba histérica, como si sus pataleos fueran a iniciar una revolución que no tenía medios con que llegar a ser, pero sí fin, porque a Adelaida le gustaba de piña, y para ella sus cortas pero inflamables revoluciones estaban dirigidas a imponer para siempre un fin en sí misma en las tardes de cepillados de nuestra niñez. De piña para las niñas, de rojo para el varón, aunque así no fuera.

 

De seis años su pelo sucio y enmarañado despertaba en mi los oscuros misterios de la sensualidad, aun cuando los cepillados nos habían vuelto invisibles entre las dos bombonas de gas, libres para que su espalda rozara contra mi pecho y desde donde entrábamos a una dimensión para descubrir, con una fiebre que no bajaba de cálida por el hielito de nuestra complicidad, y dulce, así ya nos hubiésemos lamido todita la leche condensada, nuestras más sencillas diferencias.

La segunda cuadra es una plaza pública, y una plaza pública (que no serían plazas si no fuesen públicas) se va pareciendo y se va desapareciendo, se va difuminando hasta semejarse cada vez que uno pasa por ahí a un cuadro en blanco de algunas historietas de comics con ángulos malignos.

Yo no confío en los cuadros en blanco de los comics, y mucho menos si existen sugeridas esas posibilidades de ángulos malignos, porque me voy sintiendo poco a poco a merced de una fuerza mental que escapa a mi control, que espera de mi sólo un diminuto divagar para interponerme quizás los colores del vacío, y no voy con tiempo para estas cosas.

 

El anuncio gigante de Coca-Cola va carcomiendo mi más pura intención de perseguir devoto, al ángel que se escapa al sabor de mis recuerdos. La boca ya no se me hace agua sino Coca-Cola, Sevenop, o una piñita gaseosa, podrida y amarga. Caigo debajo de una multitud que camina de un lado a otro como en las películas de Nueva York. Busco el cielo y sólo encuentro el mundo de Marlboro. Me desboco con mis últimas fuerzas para levantarme Me ayuda un boy scout y con su risita de cartón pintado me pide una colaboración  para una rifa en la que puedo ganarme un flamante vehículo segundo premio es una lavadora. Echo a correr como un hecho fugaz y explosivo, como las revoluciones de Adelaida. Busco la primera razón de una historia, cualquier historia, pero al llegar a la tercera cuadra todas las historias me parecen iguales, filosóficas y absurdas.

 

Adelaida me dice que la historia de la película es buena, que así le han dicho, y Carlitos, el caraqueño, no pierde la oportunidad de molestarme y de susurrarme en el oído: “Ey chamo lo que nos vamos a vacilar es una película porno, ¿cómo la ves?” Sin que se den cuenta los sigo hasta su cine. Entre ellos y yo hay cuatro o cinco cuerpos. Yo soy el cuerpo número seis y mis ojos casi les quema la espalda a ambos. Al cuerpo número tres se le cae una revista e inmediatamente cruza. Carlitos voltea hacia atrás. Yo cojo la revista y me tapo la cara. Me detengo para parecer un lector y leo: “El Capitán de la Noche presenta… Los rinocerontes que hacían bombitas de jabón”. A mí me parece el título para una historia pornográfica. Quizás el título de la película. Pero cuando voy a ver Carlitos se me ha perdido de vista, por supuesto, Adelaida también.

 

Si se los digo no me lo van a creer, pero seis cuadras de Maracaibo tienen tanta ficción como todas las alucinaciones reales de Julio Verne y el Conde de Lautreamont  juntas. No hay más que querer algo para que pase de todo. Y esto también es filosófico y absurdo. Y digo que no me lo creerían, porque si yo escribiera que en la cuarta cuadra comenzó a llover sería como muy fácil, no tendrían por qué creerlo. Pero llovió.

Fue un aguacero irremediable. Intenso. Cambiaba de pronto el color de las cosas reales para convertirlas en otras cosas igualmente reales, como si la ficción no fuese más que un orgasmo de asmáticos. Atrás, la fachada de la calle parecía una fotografía impresa en grueso papel de vidrio. Era una tormenta de invierno en un cálido trópico de seis de la tarde. Una tormenta de atormentados.

A una cuadra de mi salvación sólo podía percatarme del color rojo, casi perlado y blanco, subido, del brillo de la botella de la esencia de cola con vainilla reposada y añejada esperándome.

Pero era difícil gritarle, sobre todo recostado a espaldas de una “O” que cubría toda mi retaguardia y parecía tragarme con tan sólo la primogénita letra de un anuncio pintado en la pared cuya profundidad teórica expresaba: “O…SWALDO EL CANDIDATO PRESIDENCIABLE”.

Caminaba luego como quien ya no está metido en el cuento, cuando caí en la cuenta de que el ángel marginal del hielo raspado y los sabores surtidos estuvo siempre, exactamente, en la última esquina de la sexta cuadra, difuso, como una mancha constante en la mirada. Nuestro héroe debió desistir de la espera, porque, ¡Ohhh Dios, comenzó a jalar el pedal poco a poco hasta que logró sumergirse entre ese océano de gotas fuertes que caían entre él y yo.

Tomé conciencia entonces del sonido porque se me desenchufó ese ritmo interior que todos llevamos dentro. Me abordó una especie de silencio, uno que agudiza las cosas que vamos mirando y que  luego vamos imaginando su verdadero sonido. Una de dos, o me estaba perdiendo por la tangente o me encontraba realmente en peligro.

 

Con que limpieza explotaron en mi cabeza las dos últimas notas repetidas de la bocina de payaso del vividor del hielo. Lo mandé a llamar como un niño arrecho bajo la lluvia sin cepillado, y saqué de mi bolsillo todo el dinero que tenía como una muestra confiable de comprarle a cualquier precio, que no pasara del sencillo que tenía, el motivo original de este relato: Un mediano vaso de cartón con la firma impresa de “Dixie” con un dulce y refrescante raspado de hielo bañado en un elixir endiosante de rojo y rojo derretío y que derritiera el hielo y en la superficie un bañito efímero de una jugosa y espesa leche condensada. No le pedía más ni a la vida ni al cepilladero.

Como es del conocimiento de los lectores, la llamada ansiedad puede conducirlo a uno a un punto perdido entre la tensión y el éxtasis. Ya evidentemente muerto de sed y de incertidumbre, comencé a desconfiar de mi mismo. Imagínense ustedes: morir en este momento de la vida.

Morir con un pequeño sentimiento de frustración lo lleva a uno, que es el que pasa por estas cosas, a encontrarse con una dimensión no desconocida pero que uno resiente, y es más, donde no se tiene noción de las cosas. Es decir, un poquito más y habría alcanzado al cepilladero.

Así que, muerto y todo, imaginé que estaba vivo sin ninguna duda, pero en ese momento el cepilladero, como un último intento de la nada, miró hacia atrás asombrándose de mí y pedaleó fuertemente hacia adelante sin pestañar, como alma que lleva el diablo.

Pensé en esa mirada, primero pretenciosa y después insólita, como si Glen Close y sus ojos verde ceniza hubiesen visto un fantasma.

No llevaba dos cuadras de pedaleo cuando en medio de un charco, un gran charco tipo jagüey, salió una inmensa ballena envuelta en cal. Una ballena blanca. La ballena devoró al cepilladero y la lluvia terminó tragándose a los dos junto a un poco de personas que transitaban por la avenida El Milagro esa tarde y desaparecieron de la faz de Maracaibo.

Lamentablemente no conocía a ninguno y no recuerdo ahorita exactamente ni un solo rostro.

En ese momento un automóvil marca “Sierra”, sin espoilers, aparcó frente a mí y el vidrio de una de sus ventanas bajó automáticamente para dejar escuchar mi nombre. Arriba, en el semáforo brillaba la amarilla, que se dejaba montar perfectamente el sonido de las chicharras y de las hojas que sobrevivieron al reciente ataque pluvial.

El agua que me quitaba con las manos junto al paisaje que estaba disfrutando, como el diseño gráfico de la primera viñeta de una nueva historia, fue interrumpido por una seca pregunta.

¡Ey muchacho! ¿Qué estaís haciendo?

Era Adelaida, guapa y muy moderna con media cabeza rapada y mal vestida, como una de esas punketas con labios y párpados negros. Estaba hermosa.

Estoy buscando un cepilladero, le dije, casi sin pensarlo.

Los cepilladeros no existen, tonto, me dijo, y para hacer corta esta historia me monté en su carro.

Dámaso Jiménez

@damasojimenez

Del libro “Una pluma de Ángel perdida en la carretera de un video”

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