Dámaso Jiménez: Escapando del dictador Idí Amín

Dámaso Jiménez: Escapando del dictador Idí Amín

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Fue por 6 meses a hacer mantenimiento a la flota presidencial y termino viviendo por 3 años en la más feroz dictadura de África de los años 70. Considera que se ha hablado mucho de África pero aún se conoce muy poco.

   Arístides Rainho llegó al aeropuerto de Entebbe en la primavera de 1971  pocos meses después del golpe propinado por el sargento Idi Amín Dada al procomunista presidente de Uganda Milton Obote, cuando este se encontraba en una misión de gobernantes de la Comunidad Británica en Singapur.

Fotografía de Alberto Frangieh

   Oriundo de la ciudad de Mama Rosa en la provincia de Portugal y proveniente de una familia humilde, Rainho logró una beca otorgada por la reconocida firma Guedal de Guedes y Almeida, concesión portuguesa de la Mercedes Benz, con la que logró hacerse del título de ingeniero mecánico en un país que carecía para entonces de profesionales de la mecánica automotriz.

   Su deseo a los 21 años era viajar a Venezuela para conocer a su padre, Alberto Da Silva, quien había abandonado su familia para trabajar en Venezuela como panadero, pero antes debía pagar con trabajo el compromiso adquirido con la empresa automotriz que tuteló sus estudios en la Escuela Técnica Industrial y Comercial de Coimbra, por lo que fue enviado de inmediato en un barco al continente africano, para dar mantenimiento al mercado de automóviles que la linea alemana expandía entre la clase emergente africana y los diplomáticos extranjeros que convivían en el continente negro.

Ugandan President Idi Amin, on March 8, 1977

   En Angola conoció a su mujer pero pocos años después fue trasladado por 6 meses a una intensa y cambiante Uganda, para dar el mantenimiento de garantía a 8 unidades de lujo de la serie 600 de la Mercedes Benz, recién adquiridos por el carismático y popular líder rebelde.

   Al igual que Nicholas Garrigan, el joven médico de la “oscareada” película de Kevin Macdonald sobre el temible dictador africano, “El último Emperador de Escocia”, Arístides Rainho, logró en su primer encuentro un candido pero peligroso acercamiento con el poder establecido entonces por parte de aquel enorme mandatario que pesaba 150 kilos y media 2 metros de altura, y que aún recuerda por su forma de caminar encorvada entre la multitud, su encantadora personalidad y la desconfianza que mostraba constantemente ante sus más cercanos colaboradores. “Era como un niño grande”.

Película “El último Emperador de Escocia” de Kevin Mac Donalds (2006), basada en la novela homónima de Giles Foden y protagonizada por Forest Whitaker y James McAvoy en los papeles principales. La interpretación de Whitaker del dictador Idi Amin le hizo merecedor de un Premio Óscar, un Globo de Oro y un BAFTA, entre otros.

   Para la época en la que vivió en el palacio de Kampala, Rainho no recuerda la presencia de ningún médico privado en la familia de Amín Dada como el joven Garrigan hasta su escape en 1973. Cree que si llegó a existir en la vida no ficcionada, sería en la última parte de su gobierno, cuando el secuestro de los aviones que permanecieron en el aeropuerto de Entebbe.

   “Sólo se hacía acompañar de 3 blancos que lo acompañábamos a casi todos los actos y recorridos que había por Uganda y que permanecíamos con él todo el tiempo, un viejo consejero ingles, un cocinero belga y yo que fungía como su mecánico de confianza. He contado en varias oportunidades que Amín siempre decía que los únicos 2 hombres que podían matarlo era su cocinero que podía envenenarlo y su mecánico que podía arreglar un atentado en su contra, por eso nos hizo dormir en habitaciones contiguas a su dormitorio, porque no se confiaba de nadie. Además de nosotros, compartía con una mujer blanca de origen sueco que dormía con él en su palacio, siempre en compañía de una de una de sus esposas negras. Vivía con 8 mujeres al mismo tiempo”.

   Su mayor terror vino después, cuando presenció de manos del propio Amín, el asesinato de un obispo de Kampala, que había ido a reclamar la entrega de las iglesias católicas a los musulmanes, en plena cena en el palacio.

    “Estaba sentado detrás de mi, en la silla de la muerte. Ese día me estremecí y hasta vomité, no pude dormir”.

   Recuerda que días después ocurrió el atentado en la salida de la iglesia de San Pedro en compañía de los musulmanes, cuando una de las limosinas explotó al momento que Amín y su mecánico caminaban a cien metros del incidente. Muchos soldados murieron y Rainho era el responsable de la flota presidencial, por lo que explica que su única reacción a partir de ese momento fue escapar, porque sabía que Amín no lo perdonaría.

   34 años después de ese hecho nos reveló en una entrevista que le hicimos en un galpón en la zona industrial de Maracaibo, que fueron las peores horas de su vida, porque sabía que casi nadie podía escapar de las garras del dictador de Uganda, y aunque era cercano al hombre más fuerte de la nación, sabía que Amín no se podía dar el lujo de dejarlo vivo después del atentado, ya que era el principal sospechoso.

   “La explosión vino a raíz de la muerte del obispo. En el gobierno había muchos infiltrados y todo el mundo disparaba, en la confusión salí corriendo al muelle en el lago Victoria, me monté en un pequeño barco de pescadores que me dejó botado en Nairobi, en Kenia, donde me entregue a las autoridades de ese país, luego de varios días presos me soltaron y regrese a Portugal”.

   Rainho refiere que nunca traicionó su sueño de venir a Venezuela y lo logró en el año 74, en el primer período de CAP. Llegó a Maracaibo a buscar a su padre que trabajaba en una panadería en la avenida Cecilio Acosta, pero ya había regresado a su pueblo de origen. Sin embargo lo conoció a los 45 años durante un viaje a Europa, poco antes de su fallecimiento, pero ya su vida estaba echada en este horizonte que adora por el calor de su gente, y donde ha preparado generaciones de mecánicos por más de 3 décadas.

Una vida tranquila

    Actualmente este mecánico de origen portugués ostenta una empresa de transporte de carga pesada conjuntamente con un socio italiano denominada “Italport”, que sirve de concesionaria a Cocacola-Femsa. Dice que disfruta la ciudad como un marabino más que recorre la zona industrial donde todos lo conocen y saben esta historia.

    Considera que vivió una vida tranquila al lado del dictador africano, a pesar que no compartía la forma como abusaba indiscriminadamente del poder y el culto que mantenía a su personalidad.

   Su mayor responsabilidad era mantener la cantidad de carros que atesoraba, desde Citröen, BMW, Mercedes Benz y las limosinas oficiales del gobierno, pero disfrutaba andar a pié por el pueblo cuando Amín se lo permitía. Sólo que donde llegaba habían soldados vigilándolo.

   Fui por 6 meses y terminé quedándome 3 años. Aunque no me sentí preso sabía que no se me permitía salir de allí sin un permiso especial que sólo otorgaba Amín Dada. Considera que se ha hablado mucho de África pero aún se conoce muy poco.

    “Las atrocidades y crímenes cometidos en ese país en esa época se llevaron a cabo por la escasa educación de su pueblo. Amín llegó a donde llegó porque era tratado como el hombre más popular de la nación, donde ya había sido músico y boxeador, y en la que ridículamente se hizo acreedor de todos los honores que pudiera inventarse, como el del último rey de Escocia y el Señor de los Señores. Creo que Amín demostró que donde la libertad termina comienza la dictadura y donde la dictadura termina comienza la libertad”.

El reencuentro

No podíamos dejarlo pasar aunque fuera un testimonio fuera de la crónica. Arístides Rainho nos confesó antes de comenzar a estudiar tecnología automotriz con la Mercedes Benz, que la pregunta sobre la partida de su padre siempre rondó su cabeza en las noches más pesadas de su soledad.

“¿Por qué nos abandonó tan súbitamente a pesar del amor y el cariño que profesaba y parecía sentir por sus hijos, su esposa y toda la familia que había formado y a la que pertenecía” ¿Cuál fue el motivo real para abandonar una familia?”, fueron sus preguntas incontestables.

Se llegó a sentir avergonzado porque llegó a pensar que fue por alguna decepción que le había causado. Obtener esa respuesta se convirtió en el motivo principal que lo hizo llegar a Venezuela.

“Quería encontrarlo y decirle que ahora era un mecánico de la Mercedes Benz”,

Cuando se gradúo uno de sus hermanos le refirió que a su padre le iba muy bien en Venezuela. Trabajaba como panadero en una zona residencial de Bello Monte, un lugar especial de la Caracas de los años 60 y 70. Pero entonces fue cuando recibió la orden de sustituir a un compañero mecánico en Uganda, sería cuestión de semanas, pero no fue así.

Cuando logró escapar de Idí Amín y volvió a Portugal lo primero que hizo fue entregarse a la búsqueda de su padre. Compró un pasaje y llegó solo a Caracas. Lo buscó de calle en calle en un gran trabajo detectivesco. Los datos obtenidos dieron cuenta que su padre se había mudado a la petrolera ciudad de Maracaibo, una ciudad con la que se dió una conexión de inmediato. Todo indicaba que había dado con el paradero de una panadería, propiedad de su padre, ubicada en la avenida Cecilio Acosta, pero falló nuevamente. Estuvo allí pero se marchó. Había desaparecido de nuevo.

Sin embargo en su búsqueda Rahino hizo buenas amistades, entre ellas con quien sería luego el alcalde de la ciudad, quien llenó a Maracaibo de una flota de Mercedes Benz para el transporte público.

Fernando Chumaceiro lo convenció de traerse a toda la familia y hacer vida en una ciudad llena de oportunidades. Hizo mantenimiento a la flota del transporte público municipal, comenzó a dar clases de mecánica automotríz en el ahora desaparecido Instituto Humboldt y más tarde invirtió en una flota de camiones Mercedes Benz para cubrir diferentes rutas para Femsa-Cocacola.

La suerte y la ciudad le sonrieron. Sus hijos estudiaron y se graduaron, luego fueron partiendo por el mundo. Cuando se graduó su hija menor quiso hacerle una gran fiesta con la familia en Lisboa. Antes de regresar a Venezuela alguien le dijo que habían visto a Alberto Da Silva nuevamente en Mama Rosa. Partió sorpresivamenter a su terruño. Un amigo de la infancia arregló el encuentro finalmente. Entró al bar de su adolescencia y acompañó la espera con algunos lances de coñac y tragos largos de cerveza. El calor era intenso, pero salía desde sus entrañas.

Había imaginado ese encuentro millones de veces pero sucedió de la manera menos lógica. Alberto Da Silva lo abordó por detrás y lo saludó como un viejo conocido y casí le contó de memoria la historia integra que había leído en los periódicos sobre su escape del sangriento dictador.

“Llega un momento que las preguntas de toda una vida se diluyen y se pierden en una nube del olvido. Sin saberlo, el tiempo ya me lo había respondido todo. Allí estaba yo con casi 50 años de edad junto a mi padre ausente por más de 35 años, y no valía la pena preguntarle por qué había salido de nuestras vidas sin avisar y sin discutir, sin una razón valida para el abandono, porque ya no valía la pena. Simplemente conversamos como amigos por una última vez. Había vivido lo suficiente para entenderlo”.

@damasojimenez

Publicado originalmente en la revista Poder vs Poder, 3era edición Enero 2010.

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