Jacobo Penzo: Nuu Yok

Jacobo Penzo: Nuu Yok

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“Ha comenzado a nevar sobre todo Manhattan. La nieve cae suavemente sobre las terrazas de los rascacielos; en Central Park va creciendo una alfombra blanca y fosforescente. Sobre ella se dibujan, como fantasmas danzantes, los árboles pelados y oscuros contra el fondo de la noche blanca.”

Falleció en su residencia el cineasta venezolano Jacobo Penzo


Ha escrito la nota en su libreta y solo después de escribirla siente que Nueva York es real, sólo las palabras han logrado darle cuerpo y presencia a un caos de sensaciones intensas pero aún dispersas, después se ha asomado a la ventana. Ve caer la nieve desde un octavo piso de la 5ta. Avenida, justo entre la calle 81 y la 82. A la izquierda, frente al parque, está el Museo Metropolitano y a través de la claraboya del techo descubre, con asombro, la enorme figura del faraón egipcio que visita por primera vez la gran urbe. Es el acontecimiento más importante que reseñan revistas y periódicos ¡Tutankamon está en la ciudad!


Se han alojado en el departamento de la familia de Virginia, la mejor amiga de Sara.

Allí pasarán su luna de miel después de haberse alojado su primera noche de casados en el Waldorf. Sabe que aunque es la primera vez que ve caer la nieve, esa visión ya está lastrada por otras imágenes del cine o la literatura, y nota que el único dato que se libra de cierta sensación de déjà vu es la estatua del faraón a través de la claraboya. Una imagen que le pertenece porque su mujer duerme profundamente y este nuevo recuerdo es sólo para él en su segunda noche en la ciudad.


Camina descalzo sobre la mullida alfombra y entra a la habitación, se detiene junto a la cama y observa a su mujer. Duerme bocabajo como un bebé, tan ajena a él y su insomnio crónico. Su piel clara y lustrosa emite reflejos dorados bajo la luz de la lámpara encendida al otro lado del lecho. Se estira lentamente, como desenroscándose, la sábana de seda se desliza y muestra el cuerpo que reboza bienestar semi cubierto por la dormilona. Abre los brazos como si volara, su expresión es placentera ¿En que sueñas
pequeño dragón?, se pregunta recordando que ese es su signo en el horóscopo chino, y mientras la mira sabe que jamás llegará a conocerla realmente. Siente la mórbida humanidad de esa muchacha, la realidad de su presencia carnal, y él, que siempre tiene palabras para todo, no encuentra una sola ante el poder que emana de ese cuerpo.


Se sienta en el sillón junto a la cama y toma el ejemplar de las “Poesías Reunidas” de T.S Eliot. Mira su reloj, son apenas la una y media. Sabe que no volverá a dormirse antes de las tres, es casi una rutina desde hace mucho. Abre una página y lee al azar uno de los versos finales de La Tierra Baldía: “Estos fragmentos he apoyado contra mis ruinas”, al lado hay una nota escrita a lápiz por él con su letra enrevesada Eliot usa las
palabras como si fuesen objetos, son objetos del lenguaje, por que para el escritor el lenguaje es la verdadera realidad.


Sara ya tiene definida una agenda que sigue las huellas de familiares y amigos que han visitado antes la ciudad. El itinerario se desplaza del P.J Clark, donde hay que degustar los huevos á la bénédictine, al museo Guggenheim desbordado por el expresionismo alemán. Del Elaine´s, otra parada obligatoria, al Michael´s Pub donde toca el clarinete Woody Allen, a quien no pueden ver porque esa noche está de descanso.

Famous Address: Life in the Dakota Apartments | Apartment Therapy
John Lennon y Yoko Ono posan ante el Dakota Building.


Miran desde la acera el oscuro Dakota Building en el que hace pocos días han asesinado a John Lennon. La calle está completamente desierta y frente a la entrada del edificio hay una patrulla policial, dentro un agente repantigado en el asiento fuma un cigarrillo.


Tras el espasmo trágico de nuevo el aburrimiento. Mañana el recorrido será por el Soho.

One Perfect Day in Brooklyn, New York | Earth Trekkers

Por la ventanilla del taxi que los lleva al departamento entra, sorpresiva, una imagen: en medio de la nieve, alguien con pelo lacio y platinado ¿Andy Warhol, quizá? La figura camina contra la ventisca con un gran portafolio negro bajo el brazo.


Al otro día deciden ir al downtown en autobús. En el espaldar del conductor él lee un cartel pegado con teipe. “Se busca”. Casi sin interés continúa leyendo mientras piensa que Nueva York no sería Nueva York si no hubiese un asesino en serie. Este del anuncio acostumbra acuchillar a sus victimas en el pecho y ya ha matado a cuatro. Los crímenes suceden en cualquier lugar, no tiene una zona determinada para actuar. El retrato hablado muestra los rasgos de un hombre ciertamente anodino. Es calvo y de mediana edad, rostro redondo y cejas pobladas, podría ser cualquiera.

Observa a un hombre de pie a su izquierda. Aquí cualquiera podría matarte, piensa. La advertencia al final del texto se cuela, ominosa, en estos días que son, que deben ser idílicos: el asesino prefiere las víctimas de origen latino.


El huésped más célebre de la ciudad es, sin duda, el faraón egipcio de quien todos hablan. Los neoyorkinos, con su proverbial abuso de confianza, lo llaman Tuth. Tuth. Está en los afiches, en la televisión, en las primeras planas. Hay diminutas estatuillas de plástico de su figura sedente, hay gorras, botones y Tuth shirts por todas partes. La frívola ciudad creadora de mitos ha adoptado la momia superstar venida de un lugar remoto, del reino de la muerte. A ese reino también pertenece el asesino, el asesino que prefiera las víctimas de origen latino.


Estoy embarazada, dice Sara inesperadamente mientras cenan en el departamento. Su euforia es tal que no escucha la pregunta de él mientras cuenta las semanas de retraso y el veredicto irrefutable de su médico.

Quería decírtelo aquí porque me pareció el mejor escenario, dice. Él repite la pregunta que ella no ha escuchado: ¿Estás segura?, insiste y trata de fingir un regocijo que no comparte. El asunto le provoca una inquietud que se remonta a su problemática vida familiar. No esperaba encontrarse a bocajarro con ese hijo que es una atadura más al mundo de Sara, a los compromisos de la vida de casado, el definitivo adiós a la libertad. Pero el malestar comenzará realmente esa noche cuando estén acostados y él deje el libro a un lado y le pregunte “¿Cuando te sacaste el diafragma?” Ella no contestará, se dará vuelta y fingirá dormir pero estará al borde de
las lágrimas, en silencio. Es como si allí junto a la cama se hubiera materializado una extraña entidad. Una presencia vital y deseada para ella, desconocida y amenazante para él.


Después de eso la ciudad se torna gris. No hay manera de hacer que la caminata por Broadway adquiera algún tono festivo porque lo que crece en el vientre de ella los ha distanciado. Así que esa tarde ella se va a buscar ofertas en Delancey y él verá una película de Herzog en el cine Bleecker.

Quedan de acuerdo en encontrarse dos horas después.


Mientras el taxi recorre las calles atestadas se siente libre de nuevo. Sara no está junto a él y así es más soportable pensar en ese extraño que viene en camino. Para distraerse de esos pensamientos observa la cara del taxista en el retrovisor. Es negro, barba hirsuta, piel curtida, luce una vieja gorra plana gris plomo calada casi hasta las cejas, hace girar un palillo entre los dientes: un dibujo de Robert Crumb. La radio emana un coro denso, untuoso de algún grupo de la Motown. Hundido en el asiento el conductor se mueve acompasada, casi imperceptiblemente atravesado por la materia oscura del Rithm and Blues. El coro en falsetto se adelanta a la melodía, el golpe de la batería se detiene una fracción de segundo para tomar impulso, de seguidas salta sobre las voces cuando el solista irrumpe y su voz de bajo se instala en el centro del ritmo sinuoso.

Por primera vez siente la ciudad, el latido poderoso y bárbaro, la espesa marea que surge de un mundo ajeno. Intuye, al contacto con esa vibrante epidermis, un temor incierto. Sabe que más allá de ciertos límites —los banales senderos del turista— hay otra ciudad que Sara, por ejemplo, ni imagina. Su olfato de hombre de ciudad, su porción de animal urbano, ha percibido ese otro costado en el Bowery, tan cerca de Delancey donde ahora debe estar su mujer. En ese otro lado, tras el muro erigido por la civilización, habitan los borrachos desarrapados y sucios, los junkies tirados en las callejas babeando con la boca abierta, los homeless de pie bajo la ventisca, calados hasta los huesos por el frío del aguanieve envueltos en gruesas mantas, ocultando cualquier rasgo humano excepto
el continuo balanceo de una pierna a la otra para entrar en calor. Una ciudad dura y sin inocencia, piensa, e imagina en ese momento a Sara caminando distraída entre las tiendas que anuncian rebajas y saldos y desapareciendo de pronto entre la multitud.


Piensa que las burbujas de cultura, gastronomía y gusto que visitan los amigos de Sara pueden estallar en cualquier momento y dejarlos a la intemperie, a merced del frío y la nevada—inclemente ese Diciembre—, como náufragos en medio de la nada. A fin de cuentas un loco venido de algún lugar en esa oscuridad acaba de matar a John Lennon.


El taxi se detiene e interrumpe sus pensamientos. En el Bleecker la modesta cartelera anuncia “Fata Morgana”.

Un jet aterriza una, dos, tres veces, a la cuarta los espectadores protestan inquietos, y él, que pensaba que en ese cine y con ese público todo era tolerancia, se siente incómodo.

Sale del cine presa de una sorda ansiedad, camina largo rato. Piensa en Sara en su afecto y su particular buen gusto. ¿Tú piensas que soy una persona inteligente?, le pregunta cada tanto como abrumada por su cultura libresca.

Entre las muchedumbres sin rostro que pululan por las calles se siente aún más aislado y piensa que Sara es un lazo que lo conecta con el mundo, un soplo de realidad que le da un respiro a sus obsesiones políticas y sus frustradas ambiciones literarias. Hasta ahora su vida ha estado dominada
por el gran no. Esa negación a aceptar lo dado, la norma, la estabilidad y Sara es la puerta de entrada a todo eso. Una vez abierta esa puerta la felicidad se hace posible.


Pero la felicidad solo es posible cuando se acepta, cuando uno le dice si a lo que el mundo le ofrece. Piensa que por una vez en la vida debe decir sí, que debe aceptar, que quiere ese hijo que Sara le ha anunciado.


Detiene un taxi y regresa al departamento. Entra a la sala y la llama, la busca en la habitación y en el baño, pero ella no está. Han pasado mas de tres horas desde que se separaron y la inquietud, de pronto, lo abruma; no sabe porqué tiene la certeza de que a Sara le ha sucedido algo. Recién entonces comprende que fue un terrible error no haberla acompañado en su búsqueda de saldos. Sale a la avenida y no sabe qué hacer, en unas horas caerá la noche. Decide irse a Delancey.


Recorre angustiado las tiendas, sobre todo las de zapatos que son las preferidas de Sara. Camina apresurado entre la gente. A veces cree divisarla a lo lejos, pero al final descubre decepcionado que se trata de otra persona.

A la hora y media es presa de un ataque de pánico, el corazón parece querer escapársele del pecho. Se detiene y trata de calmarse, quizás Sara ya esté en el departamento, piensa, y decide llamar, convencido de que todo ha sido una falsa alarma. Encuentra una cabina telefónica cerca de un baldío donde un grupo de borrachos intenta calentarse alrededor de un tonel en el que arde un montón de basura, otro dibujo de Crumb. Escucha el repique del teléfono, pero nadie responde. Lo deja sonar seis, diez, doce veces y el pánico regresa. A una cuadra de donde se encuentra descubre una delegación de policía. Duda si reportar el caso, su inglés es deficiente y no sabe si lo tomarán en serio. Camina hacia el edificio, se
arrepiente por miedo a hacer el ridículo, regresa otra vez y se decide.


Sube la escalinata de entrada y entra a la comisaría. Una mezcla de humo de cigarrillo, olor a encierro y combustible de calefacción lo envuelve apenas entra. Dentro hay una agitación total. Dos policías traen a un borracho que termina por vomitarse encima.


Una mujer policía conduce a cuatro prostitutas hacia una celda al fondo del salón. Cinco uniformados salen apresurados hacia la calle abordan dos patrullas y las sirenas son un aullido ensordecedor cuyo eco resuena en todo el local. Parece la escena de una serie de televisión pero él sabe que acaba de ingresar a la verdadera realidad. El policía detrás de la recepción lo mira con extrañeza cuando intenta explicar lo que le pasa, no entiende nada y llama a un oficial de apellido González que habla español. Pero González acaba de salir en una de las patrullas. Un policía de civil, seguramente un detective que lo ha visto entrar, se le acerca desde el fondo del salón. Es un hombre alto y fornido, pelirrojo, intenta calmarlo hablando una mezcla de mal español y nerviosa jerga neoyorkina.


El detective lo lleva a su oficina y le ofrece asiento. Le trae café y continúa tratando de tranquilizarlo. La cháchara casi incomprensible, en la que intenta pescar palabras al vuelo o trozos de frases, más que calmarlo lo inquieta mas, porque si algo posee es oído para el lenguaje. Nota inmediatamente que el inglés que se habla en esa jefatura no es el
que ha escuchado anteriormente. Su ritmo es más rápido y nervioso, la contracción aliterada lo hace más sintético, construye las frases con muletillas constantes y las adorna con interjecciones y sonoras insolencias.

Otro idioma, el lenguaje de la realidad. Después de tres horas de idas y venidas sin noticias de su esposa, el detective se sienta a su lado y comienza a hablarle de nuevo. Mientras el detective intenta calmarlo, el logra
percibir en el habla del hombre un latiguillo, un sonido tajante que nombra la ciudad con el filo del habla callejera, y en esa herida del lenguaje intuye que esa otra realidad lo ha atrapado, que ya es muy tarde, que no volverá a ver a su mujer. Sara, la dulce Sara —ahora lo entiende, ahora lo sabe— se encuentra en un lugar desconocido pero que él sabe que existe, un lugar cuyo nombre rasga y rompe, como apuñalando el grueso
tejido de la jerga procaz del detective. Porque todo animal urbano comparte una lengua secreta que muestra el envés sombrío que guarda toda ciudad. “It´s NuuYok!” repite el detective, no es la Nueva York de la agencia de viajes, ni la New York del mapa metropolitano. ¡It´s NuuYok! y la doble vocal del Nuu golpea inútilmente el sólido Yok, el muro que se ha cerrado separándolo de Sara, la oscuridad que se ha tragado para
siempre a su mujer y a su hijo por nacer.

Al ver rodar las lágrimas por la cara del mocetón moreno y corpulento el detective le pone la mano en el hombro y vuelve a repetir como un endemoniado ritornello “¡It´s NuuYok man, this is NuuYok,… comprende!”

Fallece el cineasta venezolano Jacobo Penzo – Diario El Luchador

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